Benjamín Labatut: “Escribir requiere estar con el espíritu en llamas”


 

El Mercurio


Escribe sobre científicos tan geniales que, si no se volvieron locos, desataron el caos en el siglo XX o inventaron las tecnologías que hoy nos tienen en la incertidumbre. Lo recomiendan Barack Obama y Natalie Portman. Lo publican en más de 30 idiomas. Cree que el estallido social es parte de una crisis mayor ligada incluso con la inteligencia artificial. La última estrella internacional de la literatura chilena es, en todo caso, esquiva con los focos y lejana al ambiente local. El próximo miércoles 12 de junio participará en una nueva versión de las charlas BTG Talks, que organiza BTG Pactual.

Por Roberto Careaga C.


Una noche Benjamín Labatut no puede dormir. El problema es un libro. Una historia específica que está escribiendo y en la que no consigue dar con el final. El asunto no es que esté trabajando con los textos sagrados de los Vedas, tampoco que algunos de los personajes sean los filósofos del Círculo de Viena ni que tenga que explicar los orígenes de la inteligencia artificial, sino que los hechos no derivaron en un final natural. Alguien le recomienda el camino evidente para un escritor: inventar. Pero lo obvio no siempre resulta para Labatut. Ahora que escribe sobre científicos tan geniales que bordean la locura, se resiste todo lo posible a inventar. No le interesa la ficción. “Nada. O casi nada”, dice. “Si invento algo, tiene que resonar con un sentido mayor: la literatura tiene que sacar una verdad enterrada”, añade.


Nacido en Rotterdam en 1980 y criado entre La Haya, Buenos Aires y Lima, a los 14 años Labatut se mudó a Chile. Estudió Periodismo y alguna vez sí le interesó la ficción. La practicó en su primer libro, La Antártica empieza aquí (Alfaguara, 2012), un volumen de cuentos premiado en México y Chile que, entre otros, puso en alerta a escritores como Germán Marín o Marco Antonio de la Parra. Nada en comparación con lo que pasa hoy: el expresidente de Estados Unidos Barack Obama y la actriz Natalie Portman han recomendado sus últimos dos libros Un verdor terrible (2020) y Maniac (2023), los que han sido traducidos a más de 30 idiomas. “Este hombre de 42 años se está perfilando como el escritor sudamericano más importante después de Borges”, anotó el año pasado el diario británico The Telegraph.


No es sencillo explicar la fascinación que generan sus libros, pero acaso una clave está en el título que lleva en inglés Un verdor terrible: When we cease to understand the world, es decir, cuando dejamos de entender el mundo. Siguiendo los descubrimientos de físicos y matemáticos como Karl Schwarzschild, Alexander Grothendieck, Erwin Schrödinger o John von Neumann, Labatut rastrea el origen de armas tan miserables como el gas usado por los nazis en sus campos de exterminio o la bomba atómica. Pero las guerras no son lo más importante, sino el camino intelectual que condujo a los desastres: investigaciones con papel y lápiz en que científicos como ellos se asomaron al límite de la realidad y a veces no pudieron volver cuerdos. Nadie volvió igual: Von Neumann, retratado en Maniac, sentó las bases para la inteligencia artificial que hoy nos tiene a diario dudando del destino de la humanidad.


Los libros de Labatut no son exactamente novelas, sino semblanzas y relatos que en conjunto expresan los latidos más desconcertantes del siglo XX. Y casi no tienen ficción.


Acaso porque sus historias y personajes no están anclados a ningún país específico, mucho menos a Chile, lo han convertido en un invitado frecuente en festivales de todo el mundo: pocos días después de esta conversación estuvo en eventos en Inglaterra y Estados Unidos, y a fines de junio estará en Italia para recoger el galardón en literatura del 40° Premio Hemingway, recién anunciado. Su agenda está llena de ese tipo de compromisos, pero él mantiene un perfil público reservado. Verlo en eventos literarios locales es rarísimo, no parece pertenecer a ninguna de las muchas mafias culturales chilenas. En el extranjero tampoco juega a ser el alma de la fiesta.


“Uno puede ir a un festival y no ver a nadie. Puedes aprovechar de ir a los museos. A mí me gusta la intensidad de la intimidad. No estoy interesado en ninguna interacción humana que no sea real, que no esté basada en la amistad, en el mutuo interés. Hay ciertas cosas de ser escritor que uno tiene que hacer, pero te puedes subir al escenario, luego bajar y después salir por la puerta de atrás”, dice en un café de Bellas Artes, que pese a ser mediodía está vacío. “En los lanzamientos de libros, nadie se ha leído el libro. La literatura, para mí, se trata de leer y escribir. Y ambas cosas se hacen solo. Soy una persona súper sociable, pero, para mí, esto es una misa. Es una misa que tiene la particularidad de que se celebra solo”, añade.


Eso sí, este miércoles 12 de junio participará en una nueva versión de las charlas virtuales BTG Talks, que organiza BTG Pactual. A las 18.30 horas será entrevistado por el periodista Andrés Gómez en una cita en línea gratuita (inscripciones en btgpactual.cl). Labatut no es un misántropo radical; a veces, incluso busca compañeros: cuando publicó Un verdor terrible, le fue a dejar una copia al poeta Diego Maquieira, quien horas después de recibir el libro lo llamó sorprendido. “Me conecté muy espiritualmente con él, lo encontré un pariente cercano”, dice Maquieira. “Lo que más me gustó es que me dijo que no leía poesía. Tiene el fuego de Prometeo adentro”, añade.


—¿Es verdad que no lees poesía?


—Leo cada vez menos. Después de los 30 años como que me hubiera lesionado la parte de la cabeza con la que hay que leer. Creo que hay una parte del cerebro que se deja seducir por el lenguaje, las historias, la literatura, y eso como que se me lesionó casi permanentemente. Y eso en parte explica por qué los textos que ahora escribo tienen la forma que tienen. Siempre estoy tratando de evitar caer en los mecanismos y modos de la novela o los cuentos. Nunca más escribí cuentos. Estoy buscando algo cada vez más condensado. Puedo leer cada vez a menos autores, como a Juan Forn. O a Fleur Jaeggy, que creo que se resiste a escribir de las formas en que se escribe. O se resiste a pensar en las formas en que se piensa. No sé si Fleur está completamente loca o es una iluminada. Ella se define como una mística sin ninguna vergüenza. Y yo creo que va un poco por ahí. Hay una forma de escribir y leer cuando lo que te importa en un texto no es hundirte en la historia ni expresar un estilo.


—¿Qué te importa a ti?


—A mí me interesan los fundamentos. La esencia de las cosas. No hay infinitos caminos para llegar a eso. Si sigues el camino de la mano derecha, te lleva a la ciencia, a la física, después a la matemática, y luego a la lógica. Si tomas el otro camino, el de la mano izquierda, te lleva inevitablemente al misticismo. Esas son las dos cosas sobre las que yo escribo. Los dos caminos opuestos ahondan en el inconsciente. Yo estoy un poco obsesionado con la lógica. Con los monstruos y demonios que surgen de las aplicaciones de nuestro lado racional.


—¿Esas obsesiones las tenías en los años de La Antártica empieza aquí, cuando aún escribías cuentos?


—Estaban. Cambian muchas cosas a lo largo de la vida, pero lo que no cambia nunca son los intereses. Lo que te seduce de la realidad no va variando mucho. Yo pensaba estas mismas cosas a los 8 años, y era un niño levemente alucinado y adicto a cualquier cosa trascendente. Lo que pasa es que cuando eres niño te sobra eso. Y de ahí uno lo va perdiendo. Siempre lo busqué, en los libros, pero también en todas las otras posibilidades que te ofrece la infancia para vivir un mundo enfantasmado. Creo que eso es lo que la literatura ofrece mejor que ninguna otra disciplina.


—¿El pensamiento literario permite volver a ese mundo enfantasmado?


—Más que cualquier otra cosa que hagamos la literatura tiene hondura. El libro es el único objeto en que hemos podido atrapar a los dioses. Los dioses están contenidos en las historias que nos cuentan y esas historias viven en las mentes de los seres humanos. Pero es real, es como si fuera una psicotecnología. Para mí, los libros son objetos sagrados. Y esta pega es un trabajo de….


—¿Sacerdote?


—Por supuesto. Ya he perdido la cuenta de la cantidad de artistas, escritores o directores que confiesan que antes de ser escritores querían ser monjes. La pulsión va hacia allá. Roberto Calasso siempre lo decía: uno escribe sobre lo invisible. El cine, que trata con lo visible, es una maravillosa forma de lidiar con lo invisible, pero la literatura tiene este doble juego de que estás obligado a usar palabras. Y las palabras siempre remiten al sentido; por eso es tan peligroso, por eso hay tanto escritor que está un poco tocado de la cabeza. Porque si tú trabajas con el sentido, este se te empieza a deshacer.


—¿Tú estás tocado de la cabeza?


—Sí, claro que sí. Creo que no se puede escribir de cierta manera si no lo estás. Hay ciertas cosas del mundo que no están a tu alcance nomás… Lo que pasa es que yo estoy un poquito tocado nomás.


Una noche, Labatut está en el bar Foxy, de Providencia. Mientras espera a una amiga, distingue a lo lejos a un poeta. No lo conoce, pero le basta verlo para saber que es un poeta. Se sienta a su lado; hablan, discuten, pelean justo antes de llegar a las manos. “Era insufrible, era insoportablemente inteligente. Al final le pedí que me mandara su libro. Llegué a mi casa y era un poema inspirado tras otro. Y son 400 páginas. El tipo está tocado por el espíritu. Y solo escribe sobre Dios y está poseído por ese aliento que tiene Hölderlin. Es un chileno desconocido que ha publicado un par de libros, se llama Eugenio Castillo Gil, y a mí me parece sin duda uno de los mejores poetas de Chile, no solo de ahora”, cuenta Labatut para tratar de ejemplificar la que, dice, es la “relación inevitable entre literatura y locura”.


“Escribir requiere estar con el espíritu en llamas. Es una vocación casi religiosa. Pero si estás loco es casi imposible escribir narrativa. Hay que tener disciplina, estructura y ser muy razonable, delirar solo de vez en cuando”, asegura Labatut, que antes de llegar a los libros que le han traído el éxito internacional publicó Después de la luz (Hueders, 2016), un volumen con notas y apuntes sobre escritores, científicos, artistas y monjes (de Einstein a Freud) que, en el borde de la cordura, hicieron aportes para modificar las bases del entendimiento de su época. Fue la huella para llegar a Un verdor terrible y Maniac, obras en que ha buceado en investigaciones científicas usualmente ajenas a las materias que ocupan a los escritores. Relatividad, mecánica cuántica, teoría de juegos, las bases de la computación.


“Me enorgullezco de las frases que he encontrado en papers que no ha leído nadie más que yo. El proceso en que yo fabrico mis libros es muy enrevesado”, dice. “La escritura se parece mucho al trabajo de un paranoide. Muchos locos sufren un exceso de sentido en la forma en que ven la realidad. Todo está conectado, todo está lleno de la presencia de Dios, el mundo está imbuido de espíritus. Cualquier persona más o menos despierta o que lea, sabe que en el mundo campean el vacío, la irracionalidad y el caos; entonces, para mí, la literatura tiene una mirada paranoide porque construye un sentido en base a fragmentos. Eso es lo que yo hago en mi investigación: soy un tipo levemente tocado que tiene acceso a un laboratorio que empieza a tejer conexiones entre sus intuiciones. La única diferencia entre un escritor de ficción común y corriente y yo es que yo no me enamoro de mi pensamiento. No creo que haya una verdad.


—¿Por qué escribiste del estallido social? ¿Qué te llamó la atención para incluirlo en el ensayo “La piedra de la locura” (2021)?


—No, no escribí sobre el estallido social.


—Le dedicas varios párrafos y reflexiones en ese libro.


—No, la verdad que no las hay. Lo que me interesa del estallido, porque me sigue pareciendo fascinante, es su aspecto de singularidad. Nunca habíamos vivido nada ni cerca de ese momento en Chile. Era algo que excedía nuestra capacidad de darle sentido. Pero yo no dije nada interesante, ni entregué ninguna reflexión ni aporte. Solo lo incluí en un texto que habla sobre la irrupción de ciertas energías que están sacudiendo la humanidad entera. El estallido chileno es un síntoma más de una irrupción a nivel global y como especie. Borges lo dijo: en la literatura se ven conexiones que parecen contrarias a la causalidad del mundo. Como escritor, entiendes que el estallido está ligado con el nacimiento de la inteligencia artificial, con la caída del imperio norteamericano. Son olas que tienen efectos para adelante y para atrás.


—Esas olas de las que hablas parecen ser parte de un momento mayor de cambios, que ocurren en todos los ámbitos, desde la tecnología hasta la política. ¿Crees que estamos en una crisis especial como humanidad?


—Los seres humanos tenemos algunas tendencias incontrolables y una de esas es la apoteosis. Hay un deseo no solo de conocer a Dios, sino de ser Dios. Los cristianos no solo rezan, sino que se comen el cuerpo de Dios todas las semanas. Esa necesidad de convertirnos en algo más nos lleva una y otra vez al borde del abismo. Nos hemos acostumbrado a cosas que son milagrosas, incluso basta que ocurra un milagro para que la gente se aburra al otro día. Porque estamos en un momento donde demasiados de nuestros sueños se están volviendo realidad, es que la realidad toma una textura de pesadilla: las cosas se sienten irreales, monstruosas. Los seres humanos nos acercamos por necesidad al borde del abismo empujados por nosotros mismos. Y ahora estamos en escenarios que antes eran parte de la ciencia ficción: ayer, OpenAI mostró un modelo con el cual puedes hablar como si estuvieras en una película. Claro que estamos viviendo un momento de profundo pánico. No sabemos qué hacer con los frutos de nuestro genio y con justa razón pasamos por momentos en que sentimos que se está acabando el mundo.


—A este abismo que estamos observando hoy ¿llegamos siguiendo la ruta que iniciaron Von Neumann y los matemáticos y científicos que abordas en tus libros?


—Creo que nunca sale gratis descubrir un nuevo dios. Y la computación, las ideas de Alan Turing, de Von Neumann, son una mirada esencial de la realidad. Es como si hubiéramos descubierto otro tipo de fuego y nos llamara la atención que el mundo se encendiera en llamas. Estamos viviendo un despertar muy profundo, desde la mecánica cuántica, e incluso antes. Siempre es peligroso cuando surgen avances tecnológicos, cuando lo nuevo se topa con el rebrote de lo antiguo. Cuando nuestras pulsiones más profundas de lo antiguo toman formas horrorosas. Cuando la cabeza naranja de Trump grita locuras y esas locuras hacen sentido para mucha gente. Esa locura permite surfear la ola de caos mejor que de lo que lo puede hacer una persona razonable. Esos momentos de crisis los estamos viviendo en todos los ámbitos. Creo que es indudable que, sea cual sea el futuro que nos espera, la tercera guerra mundial ya empezó hace rato. Uno piensa que eso empieza cuando un tanque cruza una frontera y no es así. Las cosas empiezan de a poco y hoy todos estamos haciéndonos preguntas que antes no eran preguntas: cómo me enfrento al fin del mundo. Esa es una pregunta más propia de la filosofía y ahora es cotidiana.

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