La música

 El Mercurio


La música impacta, templa el ánimo, ya en un dulce lied como en una marcha militar, y tiene función terapéutica. Juan de Arguijo escribe que “Pudo con diestra lira y dulce canto/ Bajar Orfeo a la región oscura/ Y del dolor que eternamente dura/ La fuerza suspender y el triste llanto”. Así lo sabe Dorotea, de “Don Quijote de la Mancha”, cuando dice que “compone los ánimos descompuestos”.


Euterpe, “la muy placentera”, es la musa de la música y la dotó de la virtud de expresar lo inefable, de remitir a tiempos pretéritos, de generar en el que recuerda u oye un estado distinto de lo que se considera real. También permite la nostalgia, facilita la abstracción del mundo y, por lo tanto, ayuda a encontrarse en soledad. Y en esa soledad, establecer vínculos, acariciar momentos pasados y satisfacer impulsos, incluso aquellos prohibidos.


En tales capacidades evocadoras y en la facultad de instalarse y vivir lo inefable, se manifiesta el inconsciente, la otra escena, aquella donde con certeza también vivimos. Esto adquiere un relieve mayor al observar el sentido espiritualista y mágico de la música, venerada como compañera del amor, del sexo, de la creación de vida, y de los ritos de la muerte y de la fe.


La música no necesita folleto explicativo y ya que, debido a su condición, se infiltra en todo sitio y cada cual es capaz de hacerla sonar sin necesidad de escucharla, parece fundamental preguntarse qué importancia tiene en los procesos humanos más profundos y cómo puede afectar nuestro comportamiento cotidiano. No es inocente la elección que hacemos respecto de la música, porque sus ondas penetran nuestro organismo, se incorporan a él y lo modifican.


SPLEEN

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