Ariel Dorfman: “Por primera vez utilizo la ficción para indagar el Golpe y sus postrimerías”

 


El Mercurio

“Sentía, como muchos de izquierda, que la versión de un Allende heroico era más movilizadora, mientras que un suicidio nos llenaba de ambivalencia”, relata el conocido escritor Ariel Dorfman sobre la interrogante que persiguió a muchos sobre la muerte de Salvador Allende. Ese es el núcleo de su intrigante nueva novela, “Allende y el museo del suicidio”, que llega a Chile el 3 de septiembre. El autor de “La muerte y la doncella” repasa aquí sus vivencias en la UP como asesor de Allende y otras experiencias que inspiran su libro.


ELENA IRARRÁZABAL SÁNCHEZ

Tres años y una pandemia tardó el escritor Ariel Dorfman (1942) en escribir su nuevo libro, que recoge —fusionando ficción y realidad— parte de su intensa vida y andares literarias. La novela, amena, intrigante y fluida, está marcada por la narración del golpe de Estado de 1973 y sus infinitas reverberaciones en las vidas de las personas, tanto en el plano íntimo como a nivel sociopolítico. Los destierros de Dorfman también dejan su huella en la novela. “No logré lo que quería, vivir, morir y amar en un solo país. Mi destino ha sido ser un exiliado permanente”, ha comentado y no le falta razón. Nacido en Buenos Aires, pasó parte de su infancia en Estados Unidos y luego se instaló en Chile, donde estudió Literatura y fue un activo asesor cultural de Salvador Allende. Tras las convulsiones del golpe de Estado —el destino lo pilla fuera de La Moneda, donde debía haber estado esa mañana—, Dorfman se exilia en Holanda y luego en Estados Unidos, donde enseña literatura en la Universidad de Duke, de la que hoy es profesor emérito. En 1983 se le permite retornar a Chile, “aunque después me detuvieron en el aeropuerto en 1987 y me volvieron a ‘requetecontra' exiliar”, relata con humor.


1990 es un año clave para Dorfman: por fin cumple su intenso anhelo de instalarse en Chile. Pero vivir en Santiago le trae muchos desengaños. Solo dura unos meses y con su familia decide volver a Estados Unidos. 1990 será también el año en que Dorfman escriba su pieza más conocida, la obra teatral “La muerte y la doncella”, que se conviertió en un fenómeno mundial.


Autor de teatro, poesía, ensayos y novelas, Dorfman es hoy colaborador de prestigiosos medios de comunicación, como The New York Times. Lejanos están los tiempos en que coescribe “Para leer al Pato Donald” (1971), la conocida obra en que analiza los componentes ideológicos de los dibujos de Disney. Hoy instalado en North Carolina, cerca de la Universidad de Duke —en la misma nación del Pato Donald—, el escritor rememora los días previos y posteriores al Golpe que inspiran parte de la novela y contesta con gentileza nuestras interrogantes.


—Ha señalado que esta novela es “la culminación del trabajo de toda una vida”. ¿Por qué?


“Porque por fin logro ‘contar esa historia' en toda su complejidad. A lo largo de estos cincuenta años, he ido explorando algunas de sus aristas en tres libros autobiográficos, así como en ensayos y reportajes, pero esta es la primera vez que utilizo la ficción para indagar el Golpe y sus postrimerías. Creo, como dice Novalis en uno de los epígrafes de mi obra, que ‘las novelas surgen de las deficiencias de la historia'. Yo trato de subsanar esas deficiencias por medio de una invención desaforada. Es, además, una culminación, pues recojo aquí lo que he aprendido en décadas de experimentación literaria. Es una novela de misterio (¿se suicidó Allende o lo asesinaron?), pero en paralelo se va presentando otro tipo de posible suicidio, el de la humanidad, ante los cambios en el clima, algo que teme Joseph Hortha, un billonario holandés que quiere construir un Museo del Suicidio. Y no me bastó con estas dos líneas argumentales, hay más. Espero escribir otros libros, si la salud y la edad me lo permiten, pero dudo de que sean tan ambiciosos como este”.


—En la novela y la vida real, usted era un joven asesor de Allende en 1973. Era lógico que estuviese en La Moneda la mañana del 11. ¿Qué ocurrió?


“Me salvé, como explica la novela, por una cadena de extrañas casualidades. Los asesores teníamos turnos cada noche para que hubiera alguien en La Moneda en caso de un golpe. Mi turno tocaba el 10 de septiembre, es decir, debí haber amanecido el once en el Palacio Presidencial. En vez de lo cual, pernocté el nueve, cambiando mi noche por la de Claudio Jimeno. A él lo detuvieron, lo mataron, lo desaparecieron. Yo sobreviví gracias a esa circunstancia, pero también debido a otros factores, como un encuentro el once a media mañana con Augusto Olivares, director del Canal Nacional, para discutir un dibujo animado mío que sería parte de una campaña. Entonces, en vez de despertarme temprano y partir a La Moneda, no alcancé a llegar. Se suponía que en cualquier emergencia se me llamaría, pero Fernando Flores me borró de la lista. Años más tarde, cuando le pregunté la razón en California (ya lo habían soltado de Dawson), me respondió: ‘Alguien tenía que contar esta historia'”.


Muerte trágica o muerte épica


En sus más de 500 páginas, “Allende y el museo del suicidio” (también lanzado en inglés) sigue la travesía de Ariel, comisionado por el millonario Joseph Hortha para dilucidar si fue un asesinato o un suicidio el que terminó con la vida de Salvador Allende. La pesquisa lo lleva a Washington DC, Nueva York, Santiago, Valparaíso y Londres. Sobre este trasfondo Ariel y Joseph repasan los años de la UP y exploran también la culpa y el trauma por sus catástrofes personales.


—El tema del suicidio de Allende fue motivo de innumerables controversias. ¿También creía usted en la tesis del asesinato? ¿Para la izquierda fue desilusionante la idea de que Allende no había caído en combate, como había asegurado Fidel Castro?


“Soy de los que proclamaron que habían matado a Allende. Mentían tanto los nuevos dueños de Chile que era insensato creerles cuando declararon que el Presidente se había quitado la vida. Y claro, sentía, como muchos de izquierda, que la versión de un Allende heroico era más movilizadora, mientras que un suicidio nos llenaba de ambivalencia. En la medida que pasaron los años, fueron apareciendo indicios de que era factible la tesis del suicidio. En ese momento me dije, acá hay una novela: alguien que regresa a Chile con el objetivo de averiguar la verdad detrás de la muerte de Allende. Porque ese enigma —el momento en que su muerte anuncia el cierre de la vía chilena al socialismo— es clave para la historia de Chile, de América Latina y, en efecto, del mundo. El proyecto quedó abandonado y a principios del 2020 pensé que la persona idónea para ser el narrador era yo mismo. Era atrevida la idea, pues tomaba mi vida, mi familia, mis amigos, mis culpas y obsesiones, para sobreponerles un transcurso inventado y alternativo. En ese multiverso ficticio que carga, sin embargo, con la factualidad de mi propia existencia, aparecerá el Dr. Guijón con su relato enteramente plausible del suicidio de Allende. Y también otro testigo muy coherente, que asegura vio al mandatario morir combatiendo. ¿Es posible que estas dos versiones puedan coexistir? ¿Y cuál de las dos elige el personaje Ariel? Tal vez la novela ofrezca la respuesta”.


—Está presentando una novela, pero su subtítulo es “memoria de amor y muerte”. Casi todos los hechos y personajes que intervienen son reales y aparecen con sus nombres. ¿Por qué hablar de novela y, acto seguido, de memorias?


“Javier Cercas —que ha sido generoso conmigo y en sus elogios de libro— me ha permitido usar una frase suya como otro de mis epígrafes: ‘Épica, historia, poesía, ensayo, memorias: esos son algunos de los géneros literarios que la novela ha fagocitado a lo largo de su historia'. He intentado que el libro ‘Allende y el museo del suicidio' se inserte en esa tradición. Se suele pensar que, por algunos temas en que me detengo, mi obra debe ser sombría, pesada y sin gracia. Pero hay siempre un elemento juguetón, el deseo de entretener y dar placer al lector”


—El diálogo con el doctor Guijón, que se reproduce en la novela, es intenso. ¿Existió en realidad?


“La novela está llena de instancias como esta. He mezclado situaciones que pueden comprobarse históricamente con otras situaciones inventadas o semiinventadas. Estoy constantemente jugando con lo que es ficticio y lo que es real, con la esperanza de que los lectores se pregunten si eso efectivamente ocurrió, porque vaya que cada incidente parece verosímil. Esas interrogantes son esenciales para la magia de una novela que se pregunta cómo rescatamos un pasado resbaladizo, disputado por interpretaciones a veces antagónicas”.


—A juicio de Arturo Fontaine, su nueva novela está escrita de una manera “extraordinariamente intrigante” y agrega que “el tema del suicidio conecta con fluidez la cuestión individual, colectiva y los desastres ecológicos que vivimos”. Pero apunta que el “verdadero asunto de la novela es la relación padre/hijo entre Joseph y Karl Hortha”.


“He recibido elogios de algunos de los escritores que más admiro, pero únicamente Arturo puso el énfasis en la relación padre/hijo, que es, en efecto, el verdadero asunto de la novela. Pues Allende también actúa como una especie de padre sustituto para muchos personajes que sienten que su muerte los ha dejado en la orfandad. La búsqueda de ese padre ausente, dominante y mítico es uno de los grandes temas de la literatura latinoamericana”.


—En su libro los personajes tienen luces y sombras. El mismo narrador muestra sus inseguridades y dudas. El único que no es así es Salvador Allende, quien aparece casi como un “santo laico”, una figura heroica, valiente e iluminada. ¿O no es así?


“Si estuviera escribiendo una biografía de Allende, como la de Eduardo Labarca, sería pertinente llevar a cabo un desmenuzamiento de su vida. Pero reitero que se trata de una novela, en que los dos personajes principales, Hortha y Ariel, buscan en Allende un fundamento para su propia perpleja existencia. Por cierto que hay atisbos de las contradicciones de Allende, sus falencias y errores, pero poner énfasis en ello sería contraproducente desde el punto de vista literario. Agrego (y hablo ahora por mí y no por mi alter ego, el Ariel de ficción) que creo que Allende, con todas sus imperfecciones, fue uno de los grandes y más consecuentes hombres del siglo XX”.


“No era un callejón sin salida”


—El aniversario del golpe de Estado ha inspirado varios libros. Uno de ellos, de Daniel Mansuy, fue recomendado por el presidente Boric. Mansuy esboza la idea de que la imposibilidad de conciliar la vía democrática con la vía revolucionaria lleva al presidente a un callejón sin salida, paradoja que Allende enfrenta a través del suicidio. ¿Qué opina de esa tesis?


“No he leído el libro de Mansuy, aunque me gusta que lo haya recomendado el Presidente Boric, que demuestra su apertura hacia posiciones con que no necesariamente está de acuerdo, pero de las que es posible aprender. En mi novela se exploran algunas de las contradicciones que, al parecer, toca Mansuy, encarnadas en personajes que se enfrentan. No creo, en cambio, que Allende estuviese en un callejón sin salida. Me consta, como alguien que trabajaba en La Moneda, que el presidente estaba preparando un plebiscito que resolvería la crisis. Si lo perdía, renunciaría. Iba a presentar esa propuesta en la entonces Universidad Técnica el día once. Por eso estaba Víctor Jara en ese recinto. De manera que el Golpe no era inevitable. Aunque, claro, no se evitó, porque los militares tomaron el poder antes. Prometo leer el libro de Mansuy, y espero que él lea el mío, a ver en qué coincidimos y en qué no estamos de acuerdo. Eso es democracia, bendita sea”.


—“La muerte y la doncella”, su obra más exitosa, aborda la tortura y su gestación es relatada en su novela. Pese a su éxito en el mundo, la pieza no tuvo mayor respuesta en Chile. ¿En esa reacción hay algo de desconocimiento o marginación de ese pasado?


“Indudablemente, demasiados chilenos no han internalizado de verdad lo que significaron esos años o no tendríamos el país dividido y rencoroso que sigue penándonos. Mi obra, desafortunadamente, sigue siendo relevante, acá y en tantos países desventurados del planeta. En Chile, pese a haber tenido algunas nuevas puestas de escena muy buenas, sigue sin tener el éxito en nuestros escenarios que ha tenido en otras naciones. Pero eso pasa con otros libros míos. Tengo más ediciones publicadas en Italia, Irán, Turquía, Corea del Sur, que en mi propia matria”.


“Más sufrieron las mujeres”


—Dedica el libro a su mujer, con quien comparte un largo matrimonio. Muchas familias, en cambio, se fracturaron tras el Golpe, abrumadas por el dolor y el exilio. ¿Se siente afortunado, en ese sentido?


“Sí, a pesar de todas las tragedias y las penas, la fortuna me ha sonreído. Especialmente por la maravilla que es mi mujer Angélica, mi personaje favorito de ‘Allende y el Museo del Suicidio'. En la novela, la relación que tenemos contrasta con la de otros protagonistas que, en efecto, viven fracturas y desavenencias, víctimas del vendaval de la dictadura y de los destierros. Creo que quienes más sufrieron fueron las mujeres. Lo que me lleva a hurgar en el laberinto del machismo y la guerra, un laberinto en que se pierden tanto los militantes de izquierda como los adalides de la derecha”.


—Cambiar de turno para el 11 de septiembre de 1973 con Claudio Jimeno (cuyo hijo Cristóbal Jimeno coescribió el reciente libro “La Búsqueda”) es algo que lo persiguió durante muchos años. ¿Se ha reconciliado con ese giro del destino?


“Es difícil reconciliarse con la muerte de un amigo. No hay reparación. Pero en la novela, uno de los personajes, hacia el final, convence a mi alter ego de que él (es decir, yo) no tuvo responsabilidad por lo que le pasó a Claudio, ya que, aun sí yo hubiese estado en La Moneda ese día, a Claudio lo hubieran matado (y a mí también). Yo no planifiqué ni esperaba ese desenlace a la conversación. Es una situación que a Pirandello le hubiera gustado: un personaje en busca de su autor para sanarlo de un trauma”.


Vía violenta y vía pacífica: “Reconozco que tales estrategias eran contraproducentes”


—“El cambio radical de la UP podía producirse dentro de los límites y las promesas de una democracia”, escribió en Los Angeles Times. ¿Es realista formular esa afirmación si parte de la coalición de la UP creía y confiaba en la violencia revolucionaria? ¿Y si la mayoría de la Cámara de Diputados habló de un quiebre institucional?


“Necesitaría mucho espacio para responder a estas preguntas, pero vale la pena enfatizar algunos puntos. Ese proyecto de la UP fue efectivamente un intento (el primero en la historia) de llegar al socialismo por medios electorales y sin matar a los adversarios. Allende respetó escrupulosamente las libertades civiles y los derechos de quienes se oponían a él. Pudieron marchar, vociferar, lanzar las acusaciones más estrafalarias. No se torturó a nadie, no se cerró el Congreso, no se deportaron a miles de chilenos. Por cierto que hubo ambigüedades en el modo en que muchos dentro (y fuera) de la UP entendían el uso de la violencia como algo legítimo. Tanto en la novela como en numerosos artículos, yo reconozco que tales estrategias eran contraproducentes. Y claro que se cometieron errores. No basta con lamentarse de la intervención de Estados Unidos o del feroz antagonismo de parte de casi todos los propietarios de las riquezas del país. Esa enemistad había que darla por sentada. Pero les tocaba a quienes creíamos en la revolución sin derramamiento de sangre ser lo suficientemente maduros y claros como para forjar una alternativa que representara a la inmensa mayoría del país. No fue así. Y si tenemos democracia ahora, es porque muchos seguidores de Allende fueron capaces de llevar a cabo una dolorosa autocrítica. Un ejemplo, a nivel personal. Yo canté feliz ‘La batea', con su letra ‘que se vayan y no vuelvan nunca más'. Comprensible en esa época de lucha y arrogancia, pero es una actitud infantil e inaceptable si se quiere crear una sola patria: cómo desear que un compatriota vaya al exilio, cuyas durezas conozco demasiado bien. Admito que lo que para mí fue un proceso jubiloso de liberación personal y nacional, para muchos otros fue vivido como un asalto a su identidad. Yo lamento algunas de mis acciones de esa época. Ojalá otros tuvieran la valentía y la sabiduría, si de veras quieren dejar atrás el odio y la división, para condenar la injustificable declaración del Congreso del 22 de agosto de 1973, que abrió las puertas a tanto dolor y destrucción. No parece ser el caso”.

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